Invitación a la lectura

En busca de la pasión por la lectura.

1.

El año pasado, en una reunión del ampa, propuse hacer un taller de animación a la lectura para niños. ¿Por qué? Existe una preocupación CASI generalizada en torno a lo poco que leen los niños y a lo mal que comprenden lo que leen. Entre las causas y los remedios podéis encontrar variadas y dispares opiniones; cada uno puede elegir su camino. En lo que sí parece haber una “unanimidad sospechosa” es en la absoluta necesidad de adquirir una buena competencia lectora; hay que leer más y mejor: ese es el dogma.

He de decir que el equipo directivo de nuestro colegio recogió la propuesta con interés y se mostró dispuesto a colaborar; así que desde aquí quisiera darle las gracias.

Pero todo quedó en agua de borrajas. Mea culpa. Comencé a trabajar en el proyecto para presentárselo al equipo directivo y, aparte de circunstancias personales sobrevenidas, me di cuenta que, precisamente los libros en los que se apoyaba el proyecto, eran los que me apartaban de él; es decir,  perdí la fe, el empuje y la convicción necesaria para acometerlo. Al fin y al cabo, los destinatarios no eran mis hijos; yo no podía ser la voz de sus padres.  Espero que esto último se entienda más adelante.  Los libros en cuestión eran los siguientes:

PENNAC, Daniel: “Como una novela”; Editorial Anagrama (Colección Argumentos); 1ª ed., 1993.

RODARI, Gianni: “Gramática de la fantasía” (Introducción al arte de contar historias); Editorial Planeta; 2011.

A quien esté interesado en que sus hijos “amen la lectura” y no os preocupe mucho su técnica,  os los recomiendo.  Tal vez podáis encontrar en ellos una nueva forma de afrontar el ¿problema?  Tengo el convencimiento de que gran parte de la solución sobre el problema de la lectura se encuentra en el ámbito de la familia, esa institución educativa a la que cada vez le resulta más difícil o duro dedicarse a la tarea. Tengo el convencimiento que antes que enseñarles a leer o comprender, hay que enseñarles a emocionarse; este es el arco con el que lanzar las flechas.

Nuestra responsabilidad como padres no es  enseñarles a leer, ni tan siquiera que lean, nuestra responsabilidad es ayudarles a encontrar la pasión por la lectura. Si los padres fallamos en el intento o ni siquiera lo intentamos, tendrá que hacerlo la escuela. ¿Será capaz de hacerlo?; lo siento mucho,  salvo casos puntuales,  no veo en el horizonte la valentía necesaria para cambiar de método. Más matemáticas, más ciencias y más lenguaje, adobados con más esfuerzo y másesfuerzo: eso es lo que se avecina. Se impone la selección de las especies, la carrera de obstáculos se endurece. Hay muchas otras capacidades a las que se condena a la agonía: una hora de música a la semana, una de plástica. ¿Cómo, danza, qué locura es esa? ¿Teatro en el currículo?, definitivamente usted se ha vuelto idiota.  ¿Oratoqué?, ¿Oratoria?, oiga, nosotros no tenemos la culpa de que sus hijos digan seis veces KO en una frase de tres palabras ¿Creación de páginas web?, con que sepan crear una carpeta y un poco de Power Point es suficiente. ¿Investigación?, vamos a dejarla para la Universidad. Iba a decir Creatividad, pero me rindo, me niego a que me digan que eso se hace en las academias de dibujo y pintura o en los cursos que imparten las tiendas de manualidades. Estoy roto y me rindo. Me voy para mi casa, busco en las estanterías de mi biblioteca un pequeño librito con citas de Albert Einstein. Salgo al balcón y grito:

“Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro”.

“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio.

“Si supiese qué es lo que estoy haciendo, no le llamaría investigación, ¿verdad?”

“En tiempos de crisis juega un papel más importante la imaginación que el conocimiento”

“ES UN MILAGRO QUE LA CURIOSIDAD SOBREVIVA A LA EDUCACIÓN REGLADA”.

 

 

2.

No estoy en contra de las medidas adoptadas por las diferentes instancias educativas:  cuentacuentos,  actividades de animación a la lectura, talleres de lectura rápida,  clubes, ejercicios de comprensión lectora que se proponen cada vez a una edad más temprana, recomendaciones anuales de los profesores sobre la necesidad de que los niños lean ellos solos… No, no estoy en contra; pero algo me da en la nariz que los resultados obtenidos con ellas serán pobres, porque lanzan las flechas con el arco equivocado. Bajo el peso de lo puramente formal y académico, la pasión agoniza; bajo el implacable y ordenado discurrir del “tempo” curricular, la curiosidad es un ruido molesto. “Las tesis se hacen en la Universidad” “Su hijo es un artista al que hay que convertir en artesano” Esto me lo dijo, en entrevista personal,  un profesional en activo del gremio de la enseñanza.

-                     ¿Cómo, quién coño se cree usted, pedazo de mamut pedante, para decir que animar a la lectura, que preguntar a los niños sobre cuál era el color de la capa de Caperucita, son esfuerzos inútiles?, oigo a muchas voces que me preguntan.

-Es verdad, no soy nadie. No soy pedagogo ni maestro; ni político ni animador sociocultural; ni siquiera me considero lo que ustedes denominan”un buen lector”. Solo soy un padre a quien le gusta leer cuentos a sus hijos, tengan éstos 2 o 27 años.

- ¿Habrá querido decir 7 años, no?

- No, he dicho 27 años; es más, sueño con el día en que ya viejo, mis hijos con sus hijos en brazos vengan a mi casa y me digan: “ anda papá, léenos otra vez Cuentos en verso para niños perversos”; ” yo preferiría Drácula”; “ no, no, mejor Ojo de nube”…

- Entonces, ¿qué le avala para decir semejantes mamarrachadas?, inquieren.

Bastante molesto, adopto una actitud chulesca y sí, abiertamente pedante  y les escupo:

- Mi quijotesca pasión por la lectura, mis vivencias. Así que al próximo que,  si acabo de leer el último capítulo del Quijote que trata de su muerte, se le ocurra preguntarme quiénes eran “Barcino” y “Butrón”, lo lapido con esas piedras de Edelvives o Santillana con las que ustedes pretenden enseñar a nuestros hijos Lengua Castellana. Yo leer, lo que se dice leer, comencé a hacerlo a los diez años. En el Colegio donde yo estaba dábamos clases de Redacción y fue  mi profesor  quien me invitó; me invitó,  nunca me obligó.  Y la pasión, lo que se dice pasión, la tuve y adquirí bien entrada la adolescencia. Yo fui el capitán Nemo, comandante del submarino Nautilus; viajé a la Luna y dí la vuelta al mundo en ochenta días;  yo padecí la infamia y me regodeé en la venganza cuando fui el Conde de Montecristo; yo, D’Artagnan, blandí mi espada en las calles de París; yo, el capitán Ahab, surqué los mares en medio de terribles tormentas para clavarle un arpón a Moby Dick, me enamoré locamente de Ana Karenina, me emborraché con Bukowski y me acosté con “La muchacha de las bragas de oro”.  ¿Entienden ustedes eso? Nadie me hizo preguntas de comprensión lectora, nadie me pidió comentarios de textos ni resúmenes, nadie me impuso la tarea de subrayar con rojo el sujeto y con verde el predicado. Simplemente me invitaron a leer, me dejaron leer y, sobre todo, me dejaron vivir.  Si en aquel momento  alquien me hubiese sometido a esos potros de tortura de la comprensión lectora y el comentario de textos,  hoy sería incapaz de degustar la brillantez de una metáfora, el cosquilleo que producen ciertos juegos de palabras, la música que encierra una aliteración, el gozo de ver en un libro, claramente expuestas, lo que en mi cabeza no son sino vagas intuiciones, parcas ideas, y, lo que es peor, tal vez habría perdido por completo las ganas de leer.

Y ahora discúlpenme, mi hija tiene hambre y tengo que convertirme en el “Capitán Calzoncillos” y darle un buena  ración de “mocos vivientes”. Luego tendré que darle de cenar al mayor, un buen barreño de sangre caliente, allá en las lúgubres montañas de Transilvania, donde ya se escucha el quejido del ataud donde duerme el Conde Drácula. Como despedida le daré, en lugar del habitual beso, un imprevisto mordisco en el cuello, sé que le gusta, al igual que sé que le gusta, fíjense en la fuerza de la conjunción de un libro y la mente de un niño, asistir cada noche a su clase magistral de Miedo, la única clase que le gustaría que no se acabase nunca.  Yo que ustedes contrataría a Bram Stocker como Director General de la Lectura; lástima que ya esté muerto.

 

3.

CAPÍTULO  1 del libro “Como una novela” de Daniel Pennac.

“El verbo leer no soporta el imperativo. Aversión que comparte con otros verbos: el verbo amar…, el verbo soñar…

Claro que siempre se puede intentar. Adelante: ¡Ámame! ¡Sueña! ¡Lee! ¡Lee! ¡Pero lee de una vez, te ordeno que leas, caramba!

-          ¡Sube a tu cuarto y lee!

¿Resultado?

Ninguno…”

“ Seamos justos: no se nos ocurrió inmediatamente imponerle la lectura como deber. En un primer momento solo pensamos en su placer. Sus primeros años nos llevaron al estado de gracia. El arrobamiento absoluto delante de aquella vida nueva nos otorgó una suerte de talento. Por él, nos convertimos en narradores. Desde su iniciación en el lenguaje, le contamos historias. Su placer nos inspiraba. Su dicha nos daba aliento. Por él, multiplicamos los personajes, encadenamos los episodios, ingeniamos nuevas trampas…Le inventamos un mundo. En la frontera del día y de la noche, nos convertimos en su novelista.”

“Sus relaciones privadas con Blancanieves o con cualquiera de los siete enanitos pertenecían al orden de la intimidad, que obliga al secreto. ¡Gran placer del lector, este silencio después de la lectura!

Si, le enseñamos todo acerca del libro.

Abrimos formidablemente su apetito de lector.

¡Hasta el punto, acordaos, hasta el punto de que tenía prisa por aprender a leer!”

 Y ahí le tenemos, adolescente encerrado en su cuarto, delante de un libro que no lee.”

“¿Qué ha ocurrido, pues, entre aquella intimidad de entonces y él ahora, encallado contra un libro-acantilado, mientras nosotros intentamos entenderlo (o sea, tranquilizarnos) acusando al siglo y su televisión – que tal vez nos hemos olvidado de apagar?”

Vayamos con RODARI

“El encuentro decisivo entre los chicos y los libros se produce en los pupitres del colegio. Si se produce en una situación creativa, donde cuenta la vida y no el ejercicio, podrá surgir ese gusto por la lectura con el cual no se nace, porque no es un instinto. Si se produce en una situación burocrática, si al libro se lo maltrata como instrumento de ejercitaciones (copias, resúmenes, análisis gramatical, etc.), sofocado por el mecanismo tradicional “examen-juicio”, podrá nacer la técnica de la lectura, pero no el gusto. Los chicos sabrán leer, pero leerán solo si se les obliga”

Fin. TAL VEZ CONTINUARÁ